
“Francisco no quería morir. Luchó con una fuerza que sorprendió incluso a sus médicos. Estaba haciendo lo que su cuerpo sabe: luchar. Había sobrevivido a tanto. Sus ganas de vivir, arraigadas en su promesa de dar testimonio, nunca lo abandonaron”, cuenta la fotoperiodista Magalí Druscovich, que durante 14 años siguió su extraordinaria vida. De esa conmovedora experiencia nació “Sobrevivirás”, el ensayo fotográfico que hoy publica Infobae.
Francisco Wichter tenía 12 años cuando estalló la guerra en Polonia. La última vez que vio a su madre, estaba en un sótano con otros once niños y niñas de su numerosa familia. “Habían sido elegidos para esconderse, elegidos para sobrevivir”, revela Druscovich. Al despedirse, su madre le dijo: “Sobrevivirás y le contarás al mundo lo que le pasó a tu familia.”
Y eso fue exactamente lo que hizo Francisco: sobrevivió a tres campos de concentración y finalmente fue salvado por Oskar Schindler, el empresario que redactó una lista con los nombres de los trabajadores que le eran “imprescindibles” y así salvó a 1.200 judíos del nazismo.
“Fue el único que salió con vida de ese sótano. Durante el resto de su vida, se mantuvo fiel a la palabra de su madre”, dice casi con orgullo la fotoperiodista. Es que Francisco reconstruyó su vida en Buenos Aires, criando una familia numerosa. Y contó y contó, para que nadie olvidara el horror nazi.

“Lo vi por primera vez en un acto de sobirevivientes en 2012. Estaba ahí, paradito, menudito, y me acuerdo que no ví una víctima, ví a un militante de la memoria”, cuenta aún conmovida. Después de ese acto, esperó unos días y lo contactó. El vínculo se fe forjando, entre tés y cafés. La presencia de Hinda, esposa de Francisco y también sobreviviente del Holocausto, resultó fundamental: “Cuando ella se sumó a nuestras charlas, el vínculo se hizo transparente”.

Hoy en día, más de 200 mil sobrevivientes del Holocausto viven en 90 países de todo el mundo. Pero se estima que el 70% de ellos desaparecerán en los próximos 10 años. “Más de 1.400 tienen más de 100 años. Estas voces son cada vez menos frecuentes y silenciosas”, agrega la fotoperiodista para explicar por qué le interesó tanto este proyecto.















Francisco habló con acento hasta sus últimos días, “a veces con insinuaciones en yiddish”. Murió en febrero pasado, tenía 98 años “y fue el primero de su familia en tener un entierro así”.
Cuando a su bisnieta más perqueña, Bruna de 3 años, le explicaron que irían al cementerio a “celebrar la vida” de Francisco y Hinda, y a desvelar la matzeivá (la lápida), en la sección reservada para sobrevivientes del Holocausto en el cementerio de Buenos Aires, la nena se detuvo y preguntó: “No entiendo… ¿Es un momento feliz o triste?”. Para Druscovich esa inocente pregunta de Bruna es justamente la esencia del ensayo fotográfico: “En el judaísmo no decimos ‘falleció en paz’, sino que su alma está atada a la cadena de la vida”.





“Me despedí de él en el hospital, sin cámaras. Y después me preparé para esas fotos finales, pero lo que sucedió superó todo lo que había planeado”… En la foto final de este recorrido aparece Bruna, sobre la lápida de sus bisabuelos, con una foto que la propia Druscovich había tomado tiempo atrás. “La imagen de Bruna no entendiendo si la situación es feliz o triste, fue un cierre magnifico para la vida de Francisco. Esa foto, para mí, es la unión de la muerte y la vida”.