De la inseguridad causada por inmigrantes en Torre Pacheco al bulo de los ocho millones

Torre Pacheco. Ocurre que, como lección histórica no falta de poética, la izquierda se debe a una misión, digamos, paradójica: la de la suplantación. Un juego de reflejos mediante el cual se erige «pueblo», lo representa y, alcanzado el poder, va contra él. Porque, en su intimidad política, lo detesta. No le gusta, ni, por supuesto, le gusta una libertad que pueda hacer del pueblo una cosa contestataria, no domesticada. Esta naturaleza obscena la observamos, noticias del hoy, en el asunto de la inmigración ilegal. Por algún mandato que desconocemos, una providencia que no hemos leído en ningún papel ni oficial ni oficioso, se dictó que las fronteras soberanas de España (también las de Italia en su momento) quedaran abolidas. Al mismo tiempo, y esto sí aparece en las cuentas del Estado y sus instituciones, se regó de dinero a organizaciones oscuras, con negocios turbios y lemas de buen corazón, las oenegés. Consecuentemente, las vías de tráfico humano entre África y territorio español (Canarias) fueron permitidas. Y, cual engranaje industrial, miles de hombres indocumentados llegaron aquí para ser distribuidos con aviones y autobuses por toda la geografía nacional. Las previsibles consecuencias culturales, estéticas y de seguridad van destapándose, aunque en forma de sucesos aislados, no impugnables a ninguna causa general. No como viene haciendo el feminismo posmoderno sobre todos los varones blancos heterosexuales, herederos de una leyenda negra, violadores en potencia. Bien, uno pasea hoy por cualquier ciudad de provincias, especialmente por barrios populares, y puede observar un paisaje humano irreconocible. Esta comprobación, de la noche a la mañana, de que ya no se está en su pueblo, en su país, sino en el mundo global tercermundizado. Y no resulta agradable, no por racismo, sino por una cuestión antropológica común a todas las identidades, del Gabón a Islandia: la pertenencia, el escenario cotidiano, los usos y costumbres, el reconocimiento de las propias instituciones culturales. La izquierda ha promovido y consumado este proceso, con la connivencia de una derecha idiota, acomplejada, pusilánime. Pero, ¿quién va a padecer tal choque, tal desate de violencias? Pues, cerrando el argumento, aquel a quien esa izquierda dice representar y defender, las mujeres, los hombres trabajadores, los ancianos, «el pueblo» al fin. Torre Pacheco.

Feijoo en Cortes. Los medios afines aclamaban al gallego, quien durante ocho minutos parecía más de Chamberí que de Orense, poniéndose bravo con Sánchez. No dijo nada novedoso, los serrallos de los Gómez aparecen en la literatura de algunos fanzines o pseudomedios hace años. Sin embargo, su intervención tuvo dos derivadas: alzó el asuntillo hasta The Times y, al fin, agradó sobremanera al centrismo de centroderecha opinante, provocando un mensaje general desde la grada: Así, sí. Entusiasmo y vacaciones con buen sabor de boca para los diputados del PP. Parecía que el mastodonte setentayochista se desperezaba. Sin embargo, en un giro esperado de los acontecimientos, la somnolencia sistémica volvió a apoderarse de él. Cuando escribo estas líneas, los más atildados periodistas de la corrección deslizan la inconveniencia de hablar demasiado, de contarlo todo. No sea que el entero tinglado se venga abajo por exceso de información. Además, llega el veraneo, paella, azul mediterráneo y siesta en el horizonte.

Alta política. Discurso regeneracionista, supurante de emociones y compromiso político, la vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, intervino el miércoles en el Congreso de los Diputados. Dedicando sus palabras más conmovedoras al padre, fallecido la noche anterior, afirmó: «Hoy subo aquí en nombre de mi padre, porque no querría jamás que gobernaran las derechas en nuestro país». Mas no buscaba humanizar a esas derechas, romper por un momento el glorioso muro levantado entre buenos y malos. Pisaba el estrado para prevenir a los dignos. Defendió la integridad de Sánchez y expresó una inquietud social, patriótica de la patria decente: «Yo sé que usted es honrado, pero la ciudadanía progresista está angustiada». Después, acusado acervo intelectual y lirismo sesentayochista, la vicepresidenta llamó a un cambio de rumbo, declarando que «gobernar no es resistir, es transformar». Y, como reencarnada en Max Estrella, regaló al diario de sesiones una imagen literaria: «Este Gobierno es una de las pocas luces que quedan». Para terminar, recordó a los taimados empresarios: «No hay corrupción sin empresas que paguen a cargos públicos».

Los odiosos ocho. El País publicaba esta semana un llamativo titular: «VOX defiende deportar a ocho millones de inmigrantes y a sus hijos». Fuenteovejuna, El HuffPost, elDiario, Onda Cero o la SER lo reproducían. Y en la pantalla de La 1 aparecía el mismo lema en letras gordas, no fuera que la parroquia del café o el sol y sombra en los bares de España quedara sin enterarse de que el nazismo estaba cruzando los Pirineos. Sólo The Objective, que también había recogido el bulo, rectificó. ¿Ocho millones? ¿De dónde salía esa cifra?

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