¿Derechos Humanos para Todos? Una Reflexión Incómoda pero Necesaria
Los derechos humanos son, en teoría, el pilar fundamental de cualquier sociedad que se considere civilizada. Libertad, dignidad, igualdad ante la ley, integridad física, justicia… palabras hermosas que, en la práctica, parecen a menudo perder su peso cuando se enfrentan con la cruda realidad. Y es aquí donde nace una pregunta incómoda pero necesaria: ¿deben tener los mismos derechos humanos quienes los violan sistemáticamente que quienes los respetan y defienden?
La paradoja occidental: premiar al infractor, castigar al ciudadano ejemplar
En el mundo occidental, y especialmente en Europa, se ha construido todo un sistema legal y político basado en la protección de los derechos humanos, incluso (y especialmente) para quienes los violan. Asesinos reincidentes, violadores, okupas que entran en tu casa mientras estás de vacaciones, ladrones habituales… todos ellos, una vez arrestados, son protegidos por un sistema garantista que, en muchos casos, parece más preocupado por no vulnerar sus derechos que por defender los de las víctimas.
Mientras tanto, la persona honrada, que paga sus impuestos, que respeta las normas, que convive en paz con sus vecinos y educa a sus hijos en valores, se encuentra con que si alguien le roba, le agrede o le quita su casa… debe armarse de paciencia, abogados y dinero para que “la justicia” haga su lento camino, si es que lo hace.
¿Dónde quedan entonces sus derechos? ¿Quién protege al ciudadano que cumple con sus deberes? ¿Qué mensaje se está enviando cuando el agresor reincidente entra y sale de la cárcel como si fuese un hotel con pensión completa y actividades recreativas?
¿Derechos humanos o impunidad maquillada?
No se trata de eliminar los derechos humanos de nadie. Todos los seres humanos merecen un trato digno, incluso los que han cometido los actos más atroces. Pero una cosa es tener derechos, y otra muy distinta es que esos derechos se usen como escudo para evitar las consecuencias de los actos. La línea entre humanidad y permisividad se ha vuelto peligrosamente borrosa.
¿Por qué un violador con varias condenas puede salir de prisión en unos pocos años si se “porta bien”? ¿Por qué un okupa puede vivir en tu casa más tiempo del que tú tardas en recuperarla por vía judicial? ¿Por qué las víctimas deben demostrar constantemente que su dolor “merece justicia” mientras los agresores reciben comprensión, psicólogos y posibles reducciones de condena?
Esto no es justicia. Es un desequilibrio moral y legal que deslegitima el principio básico de igualdad ante la ley.
El debate que los políticos no quieren tener
Los derechos humanos se han convertido en una bandera vacía que ondean todos los partidos políticos para parecer éticos, pero que muy pocos defienden con coherencia. Muchos han caído en el buenismo ideológico, en el “hay que entender al delincuente”, sin atreverse a decir lo evidente: hay personas que no respetan los derechos de los demás y, por tanto, no pueden ser protegidas de la misma forma que quien sí lo hace.
Porque si un sistema protege más al agresor que a la víctima, no está protegiendo los derechos humanos: está socavando la convivencia, la confianza social y el principio de responsabilidad individual.
¿Y si empezamos a hablar claro?
Los derechos humanos deben aplicarse con equidad, pero también con justicia y proporcionalidad. Si alguien ataca gravemente los derechos fundamentales de otro ser humano —robar su casa, violar su cuerpo, asesinar su vida, destruir su paz—, ha cruzado una línea que debería tener consecuencias claras, reales y duraderas.
No se trata de venganza, se trata de justicia. Y la justicia no puede ser blanda con el violento y dura con el que trabaja, paga y respeta.
Tal vez ha llegado el momento de replantearnos muchas cosas. De exigir a nuestros representantes políticos que dejen el discurso hueco y se enfrenten a la realidad: que los derechos humanos no son una excusa para la impunidad, sino una garantía para la convivencia. Pero eso solo será posible si todos, absolutamente todos, los respetamos. No solo los inocentes.
LuzRedASM