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Mientras las llamas devoran más de 380.000 hectáreas en lo que va de año y convierten a España en el país con las mayores emisiones de CO₂ por incendios forestales desde 2003, los políticos siguen atrapados en un ciclo de declaraciones de emergencia, visitas protocolarias a zonas calcinadas y promesas vacías. No hay estrategia, no hay visión a largo plazo, solo reacción tardía y una crónica desidia que ha convertido los grandes incendios en una nueva normalidad, como bien ha advertido la ONU. Pero lo más indignante no es solo que el fuego arrase el territorio, sino que la solución lleva décadas señalando con el dedo y los políticos la ignoran por completo: la ganadería extensiva.
La hipocresía oficial: culpabilizar al ganadero y luego prohibirle salvar los montes.
Cada verano, cuando el termómetro supera los 40°C y los vientos cálidos azotan Galicia, Castilla y León o Extremadura, los medios se llenan de imágenes apocalípticas. Y como si de un ritual se tratara, también regresa la caza de culpables. En múltiples ocasiones, como recuerda la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), los ganaderos han sido señalados como responsables de los incendios, acusados de quemar pastos para mejorar el forraje. Sin embargo, lo que nadie dice es que, tras los incendios, los mismos políticos que los acusan firman decretos que prohíben el pastoreo en las zonas quemadas durante hasta diez años, condenando esas tierras al abandono y a la acumulación de biomasa seca: el cóctel perfecto para el próximo gran incendio..
Es una paradoja criminal: se culpa al ganadero del problema, y luego se le impide ser parte de la solución. Mientras, los montes se convierten en polvorines naturales, cubiertos de matorral seco, sin gestión, sin vigilancia humana, sin vida. La naturaleza no necesita más fuego, necesita presencia. Y esa presencia la da el pastor, no el dron ni el helicóptero de turno que solo llega cuando ya es demasiado tarde..
La ganadería, la gran olvidada de la política forestal.
Desde la UPA se ha denunciado con razón que la ganadería extensiva es una herramienta clave de prevención. El ganado controla el crecimiento de la vegetación herbácea y arbustiva, crea discontinuidades en el combustible vegetal y fragmenta el paisaje, impidiendo que un pequeño fuego se convierta en un infierno incontrolable. Además, los ganaderos mantienen caminos, puntos de agua y casetas que son vitales para la extinción. No son un problema: son los guardianes invisibles del monte.
Pero en lugar de apoyarles, las administraciones los marginan. Las ayudas son insuficientes, la burocracia asfixiante y las prohibiciones tras los incendios, inmediatas. Mientras, se sigue apostando por un modelo de gestión forestal pasivo, reactivo y profundamente ineficaz, centrado en sofocar el fuego en lugar de prevenirlo. Y el resultado es claro: menos incendios, pero cada vez más devastadores. Según datos de EFFIS y Copernicus, el 0,18% de los incendios provoca el 44% de la superficie quemada. ¿Por qué? Porque los bosques están sobrealimentados de biomasa, porque no hay quien los cuide, porque el mundo rural se muere y con él, la cultura del cuidado del territorio.
Emisiones récord, salud en peligro y silencio político
Este verano, las emisiones de CO₂ por incendios han alcanzado niveles no vistos en dos décadas. El humo ha cubierto ciudades enteras, con concentraciones de PM2.5 muy por encima de los límites seguros de la OMS, poniendo en riesgo la salud de millones de personas. Y sin embargo, no ha habido un plan nacional de gestión del combustible, ni una apuesta decidida por la trashumancia, ni una reforma de la Ley de Montes que reconozca el papel esencial del ganadero.
Los políticos siguen hablando de "reforzar medios aéreos" o de "mejorar la vigilancia satelital", como si el problema fuera únicamente tecnológico. Pero el verdadero problema es estructural y político: el abandono del medio rural, la falta de políticas agroforestales integradas y la desconfianza hacia quienes viven del territorio.
Es hora de cambiar de rumbo.
No se puede seguir permitiendo que cada verano sea una lotería mortal. No se puede seguir culpando a los que más pierden. Es urgente: - Reconocer el papel preventivo de la ganadería extensiva como herramienta esencial de gestión forestal. - Derogar las prohibiciones de pastoreo en zonas quemadas y sustituirlas por planes de recuperación activa con ganado. - Invertir en ayudas directas para ganaderos que trabajen en zonas de alto riesgo. - Promover la trashumancia como modelo sostenible de uso del monte. - Combatir la impunidad de los pirómanos, que siguen actuando con total impunidad.
Mientras no se entienda que, “”un pastor en el monte vale más que un helicóptero en el aire””, España seguirá ardiendo. Y los políticos, en lugar de actuar, seguirán dando discursos entre cenizas y criticando al cambio climático como culpable de todos los males.