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España y Europa ante el desafío de la identidad: ¿hacia dónde vamos?
En medio del debate sobre inmigración irregular, un reciente hecho ha llamado poderosamente la atención: PP y PSOE, los dos grandes partidos tradicionales en Castilla-La Mancha, han decidido frenar una moción que pretendía endurecer las medidas contra la inmigración ilegal. Esta noticia, publicada en La Gaceta, no solo refleja una contradicción política interna, sino que también pone sobre la mesa una cuestión más profunda: ¿qué está pasando con la identidad de España y de Europa?
Una identidad construida sobre siglos de historia
España, como parte fundamental de Europa, tiene una historia rica, milenaria y profundamente arraigada en los valores judeocristianos, en el respeto a la vida, la familia, la libertad responsable y la dignidad humana. Ha sido tierra de acogida, sí, pero siempre desde el orden, la legalidad y el respeto mutuo. No puede haber convivencia sin normas compartidas; no puede haber integración sin límites claros; no puede haber respeto si se borran las raíces comunes que nos sostienen como sociedad.
El relato de la diversidad sin control
Pero hoy, muchas élites políticas parecen empeñadas en desconstruir esa identidad. Se habla de “diversidad” sin fronteras, de “inclusión” sin filtro, de “solidaridad” sin medida. Y aunque estos conceptos suenan nobles, cuando se aplican sin criterio ni límite, terminan generando caos social, fractura cultural y desprotección para los más vulnerables —incluidos los propios ciudadanos europeos y españoles.
¿Quién decide el rumbo de nuestras sociedades?
¿Por qué tantos dirigentes insisten en abrir las puertas sin control efectivo? ¿Acaso no ven cómo comunidades enteras están siendo transformadas sin consulta popular, sin planificación real y sin garantías de integración? ¿No entienden que cada persona que llega debe ser acogida con dignidad, pero también con responsabilidad? Porque acoger no significa abdicar; solidaridad no implica sumisión; y respeto no puede significar renuncia a uno mismo.
Europa: del faro de civilización al olvido de sus raíces
Europa fue durante siglos faro del mundo por su fe, su cultura, su derecho y su humanismo. Fue capaz de levantarse de sus cenizas tras guerras atroces para construir sociedades justas, libres y prósperas. Pero ahora parece estar olvidando quién es. Y mientras algunos celebran la "sociedad multicultural" como un fin en sí mismo, muchos ciudadanos viven el día a día con preocupación: por la seguridad, por el empleo, por la educación, por la pérdida de espacios seguros donde puedan expresar sus creencias y tradiciones sin temor al linchamiento político o social.
España: acogida sí, pero con orden
España, en particular, tiene una vocación universal de acogida, pero también una memoria histórica que le enseña que el desorden conduce al caos. La tolerancia religiosa, la defensa de los derechos humanos, el compromiso con la paz y la justicia social son valores que no deben usarse como excusas para borrar la propia identidad. Al contrario, deben servir para fortalecerla y transmitirla con orgullo.
El coste de la apertura sin planificación
Detrás de esta apertura indiscriminada hay intereses ideológicos, económicos y geopolíticos que merecen ser cuestionados. Mientras tanto, millones de personas legítimamente preocupadas por el futuro de sus hijos, por la preservación de su cultura, por la sostenibilidad del Estado del Bienestar, son tachadas de “xenófobas” o “reaccionarias”. Esa estigmatización no ayuda al diálogo, ni mucho menos a encontrar soluciones reales.
Acoger con sabiduría, no desde la improvisación
El problema no es el extranjero, ni el diferente, ni el necesitado. El problema es la falta de planificación, de controles eficaces, de políticas migratorias inteligentes que prioricen el interés general de los ciudadanos, sin dejar de lado la compasión. El problema es que se pretende imponer una visión homogénea del mundo, sin lugar para la diversidad cultural auténtica, aquella que respeta las raíces y las diferencias sin confundirlas.
Defender la identidad sin complejos
Es hora de recuperar el sentido común. De defender nuestra identidad sin complejos. De exigir a nuestros gobernantes que piensen primero en España, en Europa, en quienes les dan el voto y la legitimidad. De recordar que una sociedad fuerte es aquella que sabe protegerse, acoger con sabiduría y mantener vivos sus valores fundamentales.
Porque España no es solo un territorio. Es una historia, una lengua, una fe, una cultura. Y Europa tampoco es solo un mapa: es un proyecto de civilización basado en unos principios que no pueden dejarse en manos de la improvisación o de agendas globales que ignoran la realidad local.
Si no defendemos nuestra identidad, nadie lo hará por nosotros. Y si no actuamos ahora, podría llegar un momento en que ya no tengamos nada que recuperar.
— LuzEnLaRed.org