¿Gobierno Abierto? El Viaje de Sánchez a la Opacidad

¿Gobierno Abierto? El Viaje de Sánchez a la Opacidad

Cuando Pedro Sánchez se presentó a las elecciones en 2016, una de sus promesas estrella fue la instauración de un “Gobierno abierto y transparente”. Hoy, con perspectiva, esa promesa no solo ha sido incumplida, sino que ha quedado enterrada bajo una montaña de opacidad, evasivas institucionales y escándalos reiterados. A fecha de 31 de enero de 2022, su Ejecutivo acumulaba ya más de 1.200 infracciones a la Ley de Transparencia. ¿Cómo se llama a eso? Mentira sistemática. Manipulación deliberada. Corrupción institucionalizada del relato.

Y el episodio más reciente no hace sino agravar este patrón de comportamiento: el Gobierno aún oculta información sobre 63 vuelos a República Dominicana realizados en aviones oficiales Falcon y Airbus, de los cuales solo seis han sido reconocidos por Moncloa. ¿Qué oculta exactamente el Ejecutivo? ¿A quién transportaban esos vuelos? ¿Qué se hacía durante las escalas que llegaron a durar más de 19 y hasta 26 horas? ¿Por qué se eligen aeropuertos pequeños, sin convenios de repostaje, desperdigados por la isla?

La respuesta del Gobierno es tan escandalosa como previsible: negación, manipulación semántica y silencio. Mientras los ciudadanos luchan por llenar la nevera y los sanitarios huyen de un sistema colapsado, desde la cúpula del poder se pasean en jets oficiales con destino exótico y facturas millonarias, sin dar explicaciones. Esta no es solo una traición ética; es una burla directa al pueblo español.

Cuando un presidente se niega a responder al Congreso, cuando se ocultan sistemáticamente datos públicos, cuando se ridiculiza la obligación institucional de rendir cuentas, el nombre es claro: autoritarismo blando. Un gobierno que no informa, que falsea cifras, que manipula el lenguaje para diluir responsabilidades, no es democrático, es simplemente propagandista.

Y mientras tanto, los organismos de control —como el Consejo de Transparencia— emiten resoluciones ignoradas por los ministerios, periodistas independientes denuncian lo evidente y los partidos de la oposición acumulan preguntas sin respuesta. ¿Qué ha pasado con el principio básico de que los gobernantes están al servicio del pueblo?

Pedro Sánchez prometió luz y taquígrafos. Nos ha dado tinieblas y puertas cerradas. Su gobierno ha cruzado la línea que separa el poder legítimo del poder arbitrario. La opacidad no es un error administrativo: es una estrategia de control. Y a esto, señor presidente, no se le llama gobernar. Se le llama encubrir.

¿Qué futuro queremos?

Un país donde los dirigentes vuelan en secreto mientras la ciudadanía sobrevive con recortes no es una democracia madura. Es una farsa peligrosa. La transparencia no es un lujo: es la base de la confianza pública. Y si un Gobierno no puede cumplir ni siquiera con eso, ¿por qué seguimos llamándolo democrático?

La respuesta está en las urnas, pero también en la conciencia de cada ciudadano que decide no conformarse con titulares edulcorados ni con versiones oficiales sin alma. Porque solo cuando miremos de frente la podredumbre podremos limpiar las raíces de un sistema que se ha vuelto experto en ocultar, distraer y engañar.

¿Gobierno transparente? No. Gobierno translúcido: lo justo para dejar ver su oscuridad.

— Luz en la Red

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